Por: Freddy Uquillas Granados
Era reconocida como La Doctora, Doña Lucía, la señora Lucy, mana Lucía, la Tía Lucy, Mamá Lucy; en conclusión era esa mujer respetada, de pocos amigos, chistosa, de buen carácter y una excelente madre que lo dio todo por sus hijos.
Ella era mi mamá y yo era su hijo más pequeño, el consentido y el tercero luego de Fabiola, mi hermana mayor y de Fabián, el sandwich o el más travieso de la familia.
Lo cierto es que recuerdo a esa madre superprotectora, como una gallina que cuida a sus pollitos. Por lo menos, hasta los 14 ó 15 años de edad, estuve bajo ese sabroso yugo materno, el cual disfruté, aunque suene un poco masoquista.
Como buena signo Tauro, tenía su carácter y le gustaban las cosas bien hechas, tanto así que me hablaba muy fuerte cuando algo le molestaba, pero debo confesar que nunca jamás llegó a pegarme.
La Doctora era farmacéutica de profesión, egresada de la Universidad Central de Venezuela, grado académico que se enorgullecía al decirlo cuando hablaba y lo ponía como ejemplo ante los demás.
Recuerdo que como todo habitante de pueblo, si quería una mejor educación, debía salir del pueblo a estudiar a otro lugar mejor. Y es allí, donde mi madre me inscribió en el colegio Sucre en Colón y no en la escuela Gustavo Nieto de San Pedro del Río.
La señora Lucy tuvo un Ford Fairmon y luego un Ford Granada, carros donde nos trasladábamos todos los días de San Pedro del Río a Colón; mi mamá para su trabajo, como dueña de una librería y yo para mi colegio de primaria, el cual era de puros varones y dirigido por hermanas católicas.
Esa era nuestra rutina todos los días, viajar de ida a Colón y regresar. El tiempo en carretera era de 10 a 15 min a baja velocidad. Mamá Lucy siempre conducía y tras cumplir mis 15 años, ya yo tomaba el volante a escondidas hasta hacerse oficial el puesto de conductor, con mi madre de copiloto.
En realidad, son muchos recuerdos. Así como se viene uno de ellos a mi mente, una travesura de mana Lucía. Se las cuento en un párrafo.
LA QUEMA DE LA MONTAÑA
Estábamos con un clima veraniego muy fuerte. Sol picante, completa sequía y los pastizales deshidratados con el viento bailaban de un lado a otro. Eso fue en el trayecto Colón San Pedro del Río, mientras íbamos en nuestro viaje de día a día. A doña Lucía por maldad, se le ocurrió meterle candela al cerro. Preparamos las bolas de candela con gasoil y las lanzamos atravesando el río y al pie de la montaña. Y se incendió toda la montaña, la cual veíamos desde mi casa. Joseito (mi otro hermano) y yo fuimos cómplices de ese pecado teniendo a mi madre como la autora material. Imagínense.
SENTÉMONOS EN LA PUERTA DE LA CASA
Una tradición de la tía Lucy era sacar las sillas al zaguán de la casa o a la calle y sentarse a conversar y a ver la gente que pasaba. Para este ritual que se tornaba familiar, había una invitación previa, pero que a nosotros, los chicos, no nos gustaba mucho. Como que no le veíamos sentido el sentarnos allí a platicar de los demás o a chismear.
Sin embargo, era notable el disfrute de La Doctora y mis tíos al hacer relaciones públicas desde la entrada de la casa.
Si yo decidía salir de mi cuarto a la puerta y me sentaba, lo hacía en la acera, que la consideraba más cómoda y más relajante.
A LAVAR EL CARRO LOS DOMINGOS
Si, lavar el carro los domingos era ya una tradición, a la cual mi mamá Lucy nos motivó. El carro bien estacionado en el patio central de la Casa Blanca, conectábamos la manguera en una llave detrás de la Gruta, el balde, los trapitos, el cepillo y el jabón. Además de la aspiradora que no podía faltar, para aspirar la parte interna del auto.
El carro quedaba muy limpio. Y si quedaban ganas, lo encerábamos y pulíamos. Y luego a darle una vuelta por el pueblo o a comprar algo que faltaba para el almuerzo.
ALGUNOS DOMINGOS A MISA
No todos. Solo eran algunos domingos a misa. Pero le ponían ese condimento de sabor religioso y espiritual a mi vida. Ese ejemplo fue de La Doctora.
Una mujer, sóla en la crianza de sus hijos, quien cumplió a cabalidad con los dos roles de padre y madre, por supuesto con defectos y virtudes que nos hicieron crecer como hijos de bien dentro de la familia.
Tantos pero tantos recuerdos, que este escrito tendrá su continuidad en otros relatos. Se los prometo.
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